Principios, no personas

Cada debate, conversación o análisis político en el que participamos ya sea en cenas familiares, conversaciones con amigos o en las clases formales de las universidades; incluimos la subjetividad de los «personalismos». A mi criterio, el 90 por ciento de estos diálogos pierden completamente su valor al incluir estos afectos (positivos o negativos) que infunden las personalidades políticas y que no son más que distractores del criterio veraz y objetivo .

De estos apegos a las personalidades se concluyen falacias pobres de fundamento como por ejemplo: «Sino no lo reelegimos, ¿a quién ponemos de reemplazo?», conclusión también pobre de análisis, que sale de tanto defender personalismos basados en afectos; que durante años de defender y refinar esa idea, les llevó al convencimiento de que «definitivamente no hay ni habrá otro como X personaje». Yo le llamo fanatismo pues, ¿en serio no existe nadie más que pueda administrar con principios la cosa pública???

Los que se enamoran del poder necesitan seguidores que se enamoren de la personalidad de su representante, que hablen y hablen de ella; que sus seguidores piensen, analicen y opinen centrados como único tema importante para la ciudad: su personalidad; que jamás se distraigan en preparar nuevas y mejores generaciones, para que al momento de votar parezca que solo existen dos cosas por hacer: votar por x persona por ser “único” o por ser “irreemplazable”; creando un círculo vicioso que le priva oportunidades a las nuevas generaciones de que se involucren en el «arte de servir».

Cuando me refiero a que debemos actuar orientados hacia principios y no por influencia de personalidades, es cuando tenemos el verdadero poder de hacer la diferencia como ciudadanos, pues esto nos eleva. Pasamos de ser aplaudidores de un personaje a ser críticos, autocríticos, propositivos y proactivos. Practicando principios, actuamos pensando en los demás, en servir, en la honestidad, lo democrático, etc.

Actuando bajo principios, prestamos atención solamente a nuestra conciencia y a lo correcto, independientemente de quién sea el encargado temporal de una institución. Esta práctica, es una de las piedras angulares de la objetividad, así como del criterio veraz. Practicar los principios más no seguir personalidades, nos conduce hacia un tipo más elevado de lealtad.

Pon a prueba a tu líder (ya sea político, religioso o hasta en lo laboral). Pregúntate y pregúntale: ¿cuánto ha trabajado por formar generaciones que lo reemplacen?

Recuerda: principios, no personas; los principios son eternos.